“Cuando me giré ya no quedaba nada”: el edificio lleno de familias que colapsó en segundos por los terremotos en Venezuela
Nelson Torrealba se despidió rápidamente de su esposa y sus dos hijos, a quienes avisó de que volvería pronto, antes de subirse a su coche el pasado miércoles para ir a comprar provisiones.
Eran alrededor de las seis de la tarde cuando salió del Ritasol Palace, el complejo de apartamentos de lujo frente al mar en la región de La Guaira, en el norte de Venezuela. De repente, sintió una fuerte ráfaga de viento que entró por las ventanillas abiertas del vehículo, justo antes de que la tierra se sacudiera violentamente bajo él.
El guardia de seguridad del edificio le gritó que saliera del vehículo. Ya en el suelo, escuchó un enorme estruendo a sus espaldas.
"Había una nube de polvo amarilla muy densa; tan espesa que no se veía nada", recuerda.
Cuando el polvo comenzó a asentarse, miró hacia donde apenas unos instantes antes se alzaba su edificio. No quedaba nada más que una montaña irregular de escombros. "En el tiempo que tardé en darme la vuelta, ya no quedaba nada", dice.
Nelson vivía en un apartamento de la séptima planta del Ritasol Palace con su esposa Dallenyi y sus dos hijos: Samuel, de 14 años, y Matías, de 10. Era el único hogar que los niños habían conocido.
"Era el paraíso: comodidad, seguridad… Un sábado aquí significaba partidos de fútbol en la cancha con los niños, bicicletas, piscina y playa", comenta.
Pero quizá lo que Nelson más valoraba era el tiempo que la familia pasaba dentro de su apartamento.
Si tenía un mal día, llegaba a casa y pedía un abrazo a Matías para ayudarle a "recargar energías".
"Él decía: 'Vamos, papá', me abrazaba y preguntaba: '¿Qué porcentaje de batería has recargado?'. Yo respondía: 'Todavía necesito más'. Él decía: 'Tienes un 90%' y luego añadía: 'Papá, ya está. Ahora tienes el 100%'".
"Era un consuelo increíble", afirma.
"Podía llegar de la calle con muchos problemas, pero al ver las caras de mis hijos, me reiniciaba", agrega, antes de romper a llorar en silencio.
Venezuela es una zona propensa a los terremotos, pero los residentes que sobrevivieron aseguran que nunca se habían sentido inseguros en el Ritasol Palace. Algunos lo describen como un refugio.
El edificio de 11 plantas albergaba apartamentos y alojamientos vacacionales, con vistas al mar por un lado y la montaña por el otro.
Contaba con una gran piscina rodeada de palmeras y con vistas al mar, además de una cancha de baloncesto. Había cafeterías y bares en las cercanías, así como filas de tumbonas en la playa, situada justo al otro lado de la carretera.
"No se derrumbó poco a poco; no dio tiempo a nadie para correr o esconderse", comenta Nelson mientras contempla las ruinas.
El agua de la piscina está ahora ennegrecida y llena de muebles y escombros.
Entre los restos yacen vestigios de las vidas que alguna vez transcurrieron en aquellos apartamentos: rostros sonrientes en un marco de madera, sábanas con estampados florales y un par de botas de goma infantiles.
Los residentes que sobrevivieron afirman que las labores oficiales de búsqueda concluyeron el sábado cuando, tras rescatar con vida a un niño de 11 años, se declaró que ya no quedaban señales de vida.
Los equipos de rescate pintaron la fecha en una pared junto con otros datos, como el único superviviente hallado en el lugar y los 22 cuerpos que, según las estimaciones, permanecían bajo los escombros.
No obstante, los vecinos siguen congregándose en torno a lo que fue su hogar, tratando de comprender lo ocurrido en la comunidad y de localizar a quienes aún permanecen desaparecidos.
Tras producirse los terremotos, Nelson corrió hacia los escombros gritando los nombres de su esposa y sus hijos.
"No hubo respuesta. Todo era muy confuso. Había silencio, pero luego mucho ruido: ambulancias, alarmas de vehículos... Era demasiado", relata.
Empezó a oír las voces de vecinos que, aunque atrapados, seguían con vida y le respondían. Pero, en aquel instante, solo podía pensar en su esposa y sus hijos.
Entre los vecinos atrapados bajo los escombros se encontraba Angélica Mundarain.
"Tengo fe, tengo fe, tengo fe"Angélica Mundarain
Angélica Mundarain estaba en su apartamento del segundo piso recostada en la cama de la habitación de sus hijos, quedándose dormida mientras veía un drama coreano en YouTube, cuando su hijo mayor gritó que el edificio estaba temblando.
De repente, la fuerza del terremoto los lanzó a ella y a su hijo fuera del edificio.
"Creo que ni siquiera llegué a ponerme de pie; ya estaba fuera del edificio. Caí por un hueco. Mi hijo también", cuenta.
Mientras yacían entre los escombros, escucharon una voz desesperada que se acercaba. Su hijo la reconoció: era la de Nelson.
Angélica era tía de la esposa de Nelson. Ambas familias vivían en el Ritasol Palace, eran muy cercanas y solían reunirse en sus respectivos apartamentos.
"Cuando Nelson llegó hasta donde estábamos, le pregunté: '¿Dallenyi y los niños? ¿Matías? ¿Samuel?'".
Nelson le contó lo sucedido mientras la sacaba de entre los escombros.
Angélica comprendió poco a poco, con gran desconsuelo, que su hijo menor, Héctor, de 15 años, también había quedado sepultado bajo los escombros, justo debajo de ella.
Él estaba haciendo la tarea en la habitación de ella antes de que ocurrieran los terremotos y le había pedido que saliera para poder escuchar música.
"Le dije: 'Eres tremendo, ¿sabes? ¿Me vas a echar de mi propia habitación?'", recuerda Angélica con una sonrisa triste.
"Es futbolista, atleta, muy carismático", añade con orgullo. "Tengo fe, tengo fe, tengo fe" en que sigue vivo, repite.
Ahora hay carteles de personas desaparecidas pegados en farolas y muros alrededor del Ritasol Palace, con las caras y nombres de quienes se cree que aún permanecen sepultados bajo los escombros.
En una hoja de papel, escrita con letras rosas, figuran los datos de la familia de Nelson, junto a una fotografía antigua de su esposa y su hijo menor.
"Es madre de pies a cabeza; súper dedicada", dice Nelson sobre su esposa. "Podía llegar cansada del trabajo, pero las arepitas siempre estaban listas para el desayuno, nunca faltaba el almuerzo y la ropa siempre estaba limpia", cuenta.
Cuando la BBC visitó el edificio el domingo, un flujo constante de residentes y vecinos acudía a observar los escombros y los carteles, y a consolarse mutuamente.
Alvin Duarte se secaba las lágrimas mientras miraba con incredulidad una foto de la familia de su prima. "Están ahí", dijo, señalando el montón de escombros bajo una unidad de aire acondicionado destrozada. "Vivían en el octavo piso".
Desde la noche del terremoto, Alvin ha visitado el Ritasol Palace a la misma hora todos los días.
A veces se acerca a los escombros y grita los nombres de sus seres queridos desaparecidos, con la esperanza de que alguno siga vivo y pueda oír que él sigue allí, buscándolos.
"Me siento impotente al no poder hacer nada... Quisiera levantar las piedras y entrar a buscar a mis familiares", lamenta entre lágrimas.
La BBC habló con las familias de más de una docena de personas que, según se cree, siguen sepultadas en el Ritasol Palace.
Por el momento se han registrado oficialmente más de 2.500 muertes en Venezuela desde que los terremotos azotaron el país hace una semana, pero se espera que la cifra final sea mucho mayor. Se ha reportado la desaparición de decenas de miles de personas, y la ONU ha anunciado que está gestionando el envío de 10.000 bolsas para cadáveres al país.
Esta semana, en el Ritasol Palace, reinaba la indignación por la suspensión de las labores oficiales de búsqueda. Una mujer llegó a gritarle a un rescatista que pasaba por allí, suplicándole ayuda.
Los residentes que sobrevivieron y los familiares de quienes quedaron atrapados bajo el edificio reclaman que necesitan recuperar los cuerpos para poder llorar a sus seres queridos. Algunos aún mantienen la esperanza de que hayan sobrevivido de milagro.
Para el lunes, los residentes habían conseguido maquinaria pesada y la estaban utilizando ellos mismos para empezar a retirar los escombros.
En paralelo, continuaban las labores para examinar distintas partes del edificio, retirando los restos pieza por pieza.
Nelson es uno de los que buscan por su cuenta a sus familiares. Sus padres, preocupados y presentes todos los días en el Ritasol Palace, lo observan.
"Es como un robot", dice su madre, con preocupación y lágrimas en los ojos.
Nelson solo sale del Ritasol Palace para lavarse y cambiarse en casa de sus padres. Siente que lo único que le queda es seguir buscando.
"Es lo mínimo que puedo hacer por ellos, ya que no estuve allí. Siento que debería haber estado allí y mi forma de compensarlos sería darles un entierro digno", dice. "Estoy agotado. Estoy lleno de heridas. Me duelen las manos, los pies, las piernas. Pero... sigo adelante".
Ahora sueña con tener una tumba donde dejar una flor.
Pero, hasta ahora, lo único que ha encontrado es una pequeña foto de su hijo menor, que lleva en el bolsillo mientras remueve los escombros.
Reportería adicional de Euridice Ledezma y Cristobal Vasquez. Imágenes de Street View de Google Earth.