"Llegué última pero me siento ganadora": la inspiradora historia de Ely, la mujer de 64 años que soñaba con correr una maratón y la terminó en más de 7 horas

    • Autor, Cecilia Barría
    • Título del autor, BBC News Mundo
  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 6 min

Ely tardó 7 horas, 18 minutos y 34 segundos en llegar a la meta.

Ni la artrosis en las rodillas ni el poco tiempo de entrenamiento semanal le impidieron correr los 42k. Tampoco las cuatro horas al día que debe viajar en bus para ir y volver del trabajo, la menor resistencia física que tiene una persona a los 64 años, o haber comenzado a correr cuando ya era mayor, a diferencia de quienes han desarrollado toda una vida haciendo deporte.

O quizás es al revés. Precisamente porque ha enfrentado grandes desafíos -como criar prácticamente sola a sus tres hijos o vivir en una zona de bajos recursos económicos- desarrolló una fortaleza a prueba de balas.

Cuando Elisabeth Osorio se levantó ese domingo de abril a las cinco de la mañana para correr la Maratón de Santiago de Chile, nada de eso estaba en su cabeza porque tenía un solo objetivo: cruzar la meta.

El plan no era marcar un tiempo, sino llegar al final de la carrera y regresar a casa con una medalla de maratonista. Pero como demoró mucho más que el resto de los más de 33.000 competidores, le pasaron cosas inesperadas.

Como cuando se le acabó el agua y -como era tarde- ya estaban cerrados los puntos de hidratación. O cuando se perdió en medio del camino.

Tras encontrar la ruta, cansada y casi sin aliento, siguió corriendo a su propio ritmo. El público, las cámaras de televisión y, por cierto, los demás competidores ya no estaban.

¡Vamos Ely, dale Ely!

Se suponía que la carrera había terminado tras la llegada de los miles de maratonistas que viajaron hasta Chile provenientes de 43 países y la premiación del keniano Cornelius Chepkok, con un tiempo de 2:09:48 en la categoría masculina, y la etiope Tigst Belew, con una marca de 2 horas y 27 minutos en la categoría femenina.

Pero lo cierto es que la carrera aún continuaba con Elisabeth Osorio en el bastión de la retaguardia. En la meta, frente al palacio presidencial, apenas quedaban los trabajadores encargados de desmontar los últimos vestigios del evento.

Cerca de ahí, un grupo de personas sentadas en un restaurante se dio cuenta de que alguien se aproximaba corriendo.

¿Corriendo?, sí corriendo. ¿Corriendo la maratón? Sí, corriendo la maratón.

A medida que se acercaba, se dieron cuenta de que la mujer vestía una camiseta morada con el número 7613, la bandera de Chile y su nombre estampado con letras blancas: Ely.

"¡Vamos Ely, dale Ely!", comenzaron a gritarle mientras la aplaudían junto a los transeúntes que por casualidad se encontraron con la escena.

Fue así como después de siete horas Elisabeth Osorio se convirtió en la última maratonista en llegar a la meta.

"Llegué última, pero me siento ganadora", cuenta emocionada. La verdad, dice, "no se puede explicar la alegría que uno siente en el pecho."

"Fue una carrera larguísima, pero la terminé. Yo me sentí tan feliz, tan contenta… escuchar esa algarabía de la gente, las vuvuzelas. Es una emoción tremenda que nunca en mi vida hubiera esperado".

Ese día Ely, la última campeona de la maratón, regresó a su casa con una medalla.

"Piensan que todos somos delincuentes"

Su casa está en un barrio llamado Bajos de Mena que forma parte de la comuna de Puente Alto.

Es un barrio históricamente segregado que se ha vuelto peligroso por el aumento de los crímenes asociados al narcotráfico y la delincuencia común. Aunque no todos los sectores de Bajos de Mena son iguales, como explica Ely, es una zona con altos niveles de pobreza donde los habitantes suelen resguardarse dentro de sus casas y muchos jóvenes no terminan los estudios.

Pero a la maratonista le molesta que sus habitantes sean estigmatizados.

"Usted donde vaya, nombra Bajos de Mena de Puente Alto, y todos piensan que todos somos delincuentes. Y no toda la gente es así. La gente con trabajo se levanta temprano de su casa a trabajar. No es necesario ser delincuente para pertenecer aquí".

Es por eso que para Ely correr la Maratón de Santiago no solo fue un desafío personal. Tiene también un sentido simbólico de reivindicación social que la hace sentirse orgullosa de su origen y el esfuerzo realizado a lo largo de su vida para que sus hijos salieran adelante.

Cuenta cómo cada uno encontró su camino y cómo le encantaría que otros jóvenes de su barrio hicieran lo mismo. "Me gustaría que los jóvenes hicieran más deporte", dice.

Una sensación de libertad

Ella comenzó a correr recién a los 55 años porque un día se dio cuenta que correr la hacía feliz. Hay otra cosa que también le ayudó a iniciar su aventura deportiva pasados los 50. "Soy una convencida de que después de criar a los hijos, comienzas a vivir tu propia vida, a disfrutar de todo lo que te gusta, aunque para los demás sean una locura".

Esa sensación de libertad la impulsó a descubrir a esa otra mujer que por muchos años no tuvo el tiempo para dedicarse a sí misma. Ahora, siendo bisabuela, siente que tiene toda la vida por delante y está llena de energía para embarcarse en cualquier desafío.

¿Y la artrosis?, le pregunto. "El doctor me dijo claramente que no deje de moverme porque si paro de hacer actividad se me va a atrofiar el cuerpo", cuenta. "Mientras pueda moverme lo voy a seguir haciendo".

Le diagnosticaron la enfermedad a los 42 años y cuando fue a ver al traumatólogo en febrero, el médico le dijo que no se explicaba cómo estaba tan bien de salud.

Desde la maratón, ha seguido corriendo distancias de cuatro o 10 kilómetros y le han pasado muchas cosas buenas. Un chileno que vive en Alaska le compró un par de zapatillas y una empresa le regaló un reloj y la inscripción para sus próximas dos carreras. También recibió un homenaje de la municipalidad y las felicitaciones de muchos vecinos y amigos.

"Me siento ganadora con haber logrado cruzar la meta, y eso para mí es mucho más importante que haber cumplido un tiempo."

En lo personal, debo reconocer que sentí mucha emoción al conocer su historia. Probablemente porque yo crecí muy cerca de su barrio. Quizás porque alguna vez tomamos el mismo bus para llegar a nuestros destinos y ella, al igual que mi madre, trabajó duramente para educar a sus hijos.

Cuando terminamos la entrevista por videollamada -ella en Chile y yo en Estados Unidos- le confesé que me sentía orgullosa de haber tenido una vecina como ella y que su historia es la historia de muchas mujeres anónimas que, con tenacidad y perseverancia, logran lo que se proponen. Y le di las gracias por haberla conocido.

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